sábado, 2 de noviembre de 2013

Fotografío, luego existo - "El cámara y la cámara"

¿Quién es capaz de recoger un momento de la vida con toda la realidad posible  en una simple fotografía? Ese es nuestro personaje. Un carrete, un objetivo, un flash, un trípode y varias piezas de plástico son su vida. Os sitúo un poco: nuestro personaje es un fotógrafo, y no un profesional cualquiera, sino una persona capaz de meter instantes de la rutina en un cilindro de plástico. Él trabajaba en su vida, sí, en su vida, porque él siempre ha considerado la acción de hacer fotos una función vital más, sí, de esas que se dan en biología. Pertenecía a una revista, en la que tenía una sección y mostraba al mundo sus instantáneas. Como reportero gráfico que era, le mandaron un mes al Cuerno de África, una de las partes del mundo con más hambruna, ha hacer un reportaje para la entrega de la revista al mes siguiente. Llegó a allí, y nada más bajar del avión vio la gran miseria que se extendía por el pobre aeropuerto. El editor le preparó una ruta de poblados para recoger lo máximo que existía allí. En la calle se veía a la gente en movimiento, pero conscientes de que su vida podría terminar en tres días sin alimento. Las niñas tenían la cara delgada y los bebés sufrían, la mayoría, una desnutrición importante.

Empezó su ruta durante un mes, de poblado en poblado, y él iba apretando el botón de la cámara para hacer una fotografía a cada cosa que pensaba que el mundo debería conocer. Cada anciano que contemplaba la pobreza que asolaba a su poblado, cada niño que se asomaba a la ventana al oír que venía un extranjero con un cacharro muy lejos de su alcance, y que seguramente costaría más de lo que ganaría esa persona en toda su vida.  Llegó a un poblado nada particular para él, porque prácticamente todos eran iguales, pero él siempre pensaba que aunque las cosas se parezcan, puedes sacarle una diferencia o algo sorprendente que no tiene la otra, y aquí le pasó precisamente eso. Paseando por las callejuelas de allí, con cámara en mano, encontró a una niña que le llamó la atención. Era una niña guapa, con ojos negros, un pelo precioso, pero delgada y con unas ganas de comer increíblemente grandes. El fotógrafo le hizo varias instantáneas: de cerca, de lejos, segundo plano, plano americano, y todos los planos que puedan existir en el mundo fotográfico. Hizo, incluso migas con aquella jovenzuela, y pasaron un largo rato hablando, y claro… el intérprete siempre andaba por allí. Le contó que padecía una enfermedad muy extraña, que sólo se había dado en ciertos puntos del Cuerno de África, y por eso no había llegado a los países ricos. También hablaron sobre cómo había ido evolucionando esto: la pobreza que asolaba a aquella parte del continente africano. Llegó a un momento que el reportero perdió la noción del tiempo y aquello empezaba a oscurecer. Se tuvo que despedir de la niña, que contaba que tenía esperanzas de seguir viva por lo menos un mes más, pero el fotógrafo sabía que eso no iba a ser así, y que no duraría ni una semana como no se pusiera en manos de un especialista. Ya el último día, se le ocurrió repasar las cientos de fotografías que había recogido durante treinta días, y tenía un trabajo que valía la pena enseñar a cualquiera que pasara por allí, pero no lo hizo, se lo guardó hasta llegar a España.

Llegó a Barajas, y se tomó unos días libres después de haber trabajado un mes sin parar, pero en realidad, tenía ganas de enseñar su trabajo al editor jefe de la revista. El día que le tocaba volver a la odiosa rutina, fue con un Pen Drive al editor, y le mostró por primera vez a una persona su trabajo en mucho tiempo. El editor le felicitó por su trabajo, y le comunicó que la junta directiva había pensado hacer un fascículo Especial con sus fotografías. Más tarde, el mismo editor jefe que le había comunicado lo del fascículo, le habló sobre hacer una exposición en una sala muy conocida en Madrid. El fotógrafo se lo pensó, y decidió aceptar la propuesta de su jefe. La inauguración de aquella exposición no tardó en hacerse, y no se esperaba mucha gente, así que, se hizo lo más sencilla posible. Pero eso no surgió así. Vino gente de todas partes de Madrid, de alguna parte de España, e incluso algún extranjero se dejó caer por allí. Su exposición tuvo un éxito mayor del esperado. La joya de la corona de aquel conjunto de instantáneas fue una foto de aquella niña guapa, pero a punto de morir por su enfermedad. La gente entraba y salía de la sala, había más o menos gente, pero esa foto siempre tenía gente a su alrededor.  Lo que él no sabía es que allí asistió un grupo del jurado de un concurso fotográfico muy importante alrededor del mundo.


Un día de éstos, que piensas que no va a pasar nada y que va a ser un día más en tu repetitiva rutina, sonó el teléfono del fotógrafo. Era el portavoz del jurado del certamen, la cara del fotógrafo cambió por segundos de una cara de recién levantado, a una cara de una persona que ha ganado la lotería. El jurado le había concedido el primero premio por la foto de la niña de ojos negros. Le comunicaron que el viaje y los gastos lo cubrían ellos, y se fue para allá, hacia Berlín. Allí recogió su premio, y lo dedicó a todos aquellos que vio pasar hambre en el Cuerno de África… el público emocionado le  aplaudió merecidamente. Luego en rueda de prensa, explicó sus treinta días y treinta noches en aquel lúgubre lugar, donde los pobres eran muy pobres. Pero llegó a una pregunta de una joven, que decía: “A usted le contó qué enfermedad tenía ¿no? Y que se estaba muriendo de hambre… ¿Hizo algo para evitarlo?” Entonces el fotógrafo se quedó con la mente en blanco, se quedó reflexivo durante un momento, y luego respondió con cara de arrepentimiento eterno: “No, no hice nada, y ahora me arrepiento como nunca lo había hecho en mi vida”. Ese remordimiento le persiguió durante unos días, y no podía de pensar si aquella chica había muerto o no, y si era afirmativo, qué sería de ella si habría hecho algo. Entonces se le ocurrió algo, allí conoció a mucha gente de ONGs de todo el mundo. Se propuso a él mismo, ir al Cuerno de África con alguna que otra compañía de misionero, eso sí, con la cámara en mano. Y así fue, llegó a allí con más ilusión de la que volvió, y con aquel cacharro que hacía instantáneas vivió gran parte de su vida allí, entre los más desfavorecidos, haciendo una buena acción por la humanidad. 

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